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Culpable

El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaban que yo la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación, podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo. En el zaguán de la casa, mi hermano conversaba con los agentes de policía, explicándoles que hacía poco mamá había comenzado un tratamiento psiquiátrico, ya que nunca había podido superar los recuerdos del maltrato que había sufrido siendo joven, y que no le extrañaba que se le hubiera ido la mano con los medicamentos. Lo decía con la pesada serenidad aquel que de antemano se ha resignado a su impotencia ante el destino de un ser querido, como si nuestra madre hubiera muerto como consecuencia de una enfermedad terminal, y no de una sobredosis. Creo que, cada tanto, él y los policías me dirigían miradas sospechosas, pero no tenía fuerzas para quejarme. Estaba en shock. Simplemente lo escuchaba como a lo lejos, destartalada en el sillón de la sala, sosteniendo un vaso de agua que alguna vecina me habría ofrecido poco después de que me encontraran en la calle al amanecer, gritando y pidiendo ayuda. Ahora, sin mamá, ¿qué sería de mi vida? Tantos años cuidándola con cariño, haciéndome cargo, intentando con mi escucha sanar su alma y tal vez así también sanar la mía. Habría podido ser una mujer tan feliz… Me corrijo: había sabido ser una mujer tan feliz… Luego, todo se vino abajo. Porque la felicidad es un estado que resulta de nuestras decisiones, y para decidir, hay que ser fuertes, característica de la cual, desde luego, mi pobre mamá carecía. 

Era un ser casi etéreo, incapaz de pensar mal de nadie, de levantar la voz e imponerse. Siendo pequeña, al observarla, aprendí que las sonrisas son muy engañosas. Me pregunto si las cosas habrían sido diferentes en caso de que ella se hubiera atrevido a sonreír menos, pero por voluntad propia. Pero ya no lo sabría nunca. Desde ese sillón en el que intentaba estabilizar mi mente, podía contemplar una vieja fotografía de mi infancia en la que aparecíamos, sonrientes, mi madre, mi padre y yo. No entendía por qué ella la habría conservado: ese hombre nos había destruido emocionalmente, nos había matado en vida. Cuando se lo reclamaba, mamá se limitaba a sonreír cándidamente y decía que, de todos modos, era una hermosa foto de un hermoso momento. En ella, yo aparecía con un vestidito vaporoso en los brazos de mi… de mi progenitor (me niego a llamar “padre” a alguien que nos sometió a tanto dolor) y mi madre, jovencísima, apenas embarazada de mi hermano, nos observaba con una mirada de inefable amor. Lamentable, ese amor no fue suficiente para protegernos de la violencia. Ese hombre fracasó en su intento de matar a nuestra madre frente a mi hermano y a mí, dos niños entonces; no obstante, afortunadamente, sí nos libró de su presencia. Pero no del todo, porque mi madre se encargaba de mantenerlo con vida. Se negaba a admitir lo obvio: el hombre había sido una basura. Y de esa forma, se negaba a vivir, a dejarnos vivir. Mi hermano y yo nos quedamos a su lado todos estos años, aunque él, en el último tiempo, había comenzado a ausentarse por periodos cada vez más prolongados. Creo que lo entiendo. Al principio, nos habíamos quedado con mamá porque éramos pequeños e indefensos y todos creían que eso era lo mejor para nosotros; después, porque sabíamos que la pequeña e indefensa era ella, la que nos tendría que haber cuidado. El rosado amor que en algún momento habitó, o fingió habitar, nuestra casa, se había ido decolorando poco a poco hasta alcanzar el patético tono gris de la desidia. Todos nosotros nos habíamos ido apagando como las luces del día al llegar el ocaso. La noche perpetua. ¡Qué horribles son las noches! Cada vez que oscurece, es como si volviera a ser esa niña que escuchaba los gritos y el ruido de los objetos rompiéndose. La niña que salió de debajo de las frazadas donde se escondía y saltó de la cama al escuchar dos disparos. La que bajó corriendo las escaleras con el olor de la pólvora irritándole la nariz. La que vio el horror del cadáver deforme de su progenitor y el pelo rubio de la mujer que la había arropado un rato antes todo manchado de sangre. Ella, la que tuvo que agarrar a su hermanito, que apenas caminaba, que había visto todo. Ella, que con sus ocho añitos y su miedo a la oscuridad había tenido que salir a la calle, llorando, a buscar ayuda. Sí: cada vez que oscurece, simplemente dejo de ser yo y vuelvo a ser esa pequeña a quien sus padres le fallaron.

El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaban que yo la había matado, pero no fui yo. Los médicos determinaron que murió por una sobredosis de medicamentos, pero yo sé que murió por una sobredosis de recuerdos endulzados. No había forma de probar el resentimiento que mi hermano aducía que yo albergaba hacia… ella, especialmente cuando todos sabían con la devoción que la cuidaba, y de las noches y noches en vela que había pasado escuchando sus tristes descargos. ¿Cómo podía él culparme y llamarme resentida? ¡Si era yo quien siempre estaba en casa, cuidándola, mientras él salía durante días sin horarios ni remordimientos! Ciertamente, mis motivos fueron variando: al principio, la cuidaba por necesidad; después, por agradecimiento; luego, por piedad; ahora, por resignación. Pero, ¿cómo podría haberle dado la espalda? Uno no hace eso con quien ama. Incluso si ella lo hizo, viviendo en torno a aquel que había muerto tratando de matarla, y había vivido para hacernos infelices. ¡Qué más da lo que haya sido antes! Las cosas no se pueden cambiar: los recuerdos, al igual que la gente, son lo que son. No cambian, por mucho que uno quiera idealizarlos. Y ella no había querido cambiar. Los culpables fueron las personas de esa foto: ella misma, y el fantasma que se negó a exorcizar, a borrar de nuestras vidas incluso cuando ya no podía hacernos daño. Ella fue la herramienta de su brazo invisible para trastornarnos. Ella quiso dejar de vivir muchísimo antes de tomar esas pastillas, pero no se iba a ir sola. Al final, ambos eran igualmente egoístas. 

Y, bueno, tal vez yo haya tenido algo de culpa también. Anoche me desperté con el sonido de una respiración agitada y el golpe seco de un cuerpo al caer al suelo. Aunque tengo el sueño muy liviano, no quise saltar de la cama. Estaba segura de lo que estaba pasando. Salí al pasillo y, en la escalera, estaba ella. La vi intentando desesperadamente bajar a la sala, arrastrándose. Supongo que querría hablar por teléfono, porque balbuceaba en un tono apenas audible algo sobre haber tomado muchas pastillas y arrepentirse. No creí en su arrepentimiento. ¿Arrepentirse ahora? Era muy fácil arrepentirse ahora que era consciente de que su vida corría riesgo y sentía la muerte tan cerca. ¿Cómo era que no se había arrepentido en esos cuarenta años por su indiferencia y su egoísmo? ¿Acaso se arrepentía porque sabía que morir así sería agregar otro dolor más a la larga lista de sufrimiento a la que nos había sometido a lo largo de nuestras vidas? Giré lentamente sobre mis talones y volví a mi habitación sin decir nada. No era de mi incumbencia. Creo que, al rato, pude escuchar el incómodo sonido de su delgada figura rodando por la escalera. No me sentí mal. Me metí bajo las frazadas. Esta vez, al menos, había sido mi decisión no evitar lo que tenía que suceder, y también era mi decisión que la imagen no quedara grabada en mis retinas envuelta en las horribles sombras de la madrugada. Mi hermano no estaba, así que tampoco tenía que encargarme de él. Ni siquiera sé si él habría actuado de otra manera, porque estoy segura de que, en alguna parte de su mente y sus recuerdos, también se sentía defraudado. Todos en esa casa por primera vez habíamos sido libres para decidir. La niña dañada podía dormir tranquila. Ni siquiera tenía que esconderse entre las frazadas. Me descubrí la cabeza y me dormí. Por primera vez podía sumirme en un sueño profundo. Ella ya no estaba. El recuerdo ya no estaba. No había razones para sentir temor. No había razones para intentar mantener con vida memorias destinadas a la muerte. Esa mujer estaba muerta. Bueno, muerta físicamente; en sí, ella había muerto muchísimos años antes. También estaba muerto finalmente el hombre de la foto. Mañana, a la luz del amanecer, cuando fuera nuevamente la hija adulta y devota, encontraría su cuerpo y me dolería. Saldría corriendo a la calle a pedir ayuda, pero solo mañana, cuando ya hubiera luz. Por eso no creo que yo sea la culpable. Después de todo, por las noches y en la oscuridad, yo no soy yo.

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