top of page
front-door-of-longfellow-house-1922-647f91-1024.jpg

La puerta

Para Tamara

​

De pie frente a la puerta blanca, Eugenia sintió como si una fuerza sobrenatural se antepusiera entre su puño y la superficie de madera. Ya desde el momento en que atravesó el portón, cada paso había resonado en sus oídos como el golpeteo de un tambor ancestral, mareándola, haciéndole sentir que se despegaba del suelo. El miedo se manifiesta de maneras muy extrañas.

 

Llegar hasta ahí no había sido fácil, y no tanto por la locación —también difícil de hallar—, sino más bien por lo que significaba tratar de recobrar ese lazo. Cuando eran chicas, las primas esperaban con una urgencia dolorosa los encuentros que les permitían jugar. Los cuatros años que las separaban, una diferencia que normalmente es notoria en la adolescencia, no hacía mella en ese vínculo extraño y precioso. Eugenia sabía que su prima menor la admiraba. Lo sabía porque, cuando ella jugaba con sus amiguitas, utilizaba los nombres y las características de los personajes que Eugenia creaba para sus tardes de juegos de muñecas. Y aunque le daba un poco de bronca, porque esos personajes pertenecían a sus cuentos, a sus obras, a sus horas de trabajo privado, ese mundo que le permitía aislarse de tantas cosas que le pasaban, también sentía una ternura que nadie había despertado antes. Era como su hermana menor, y esperaba que, a medida que crecieran, esa hermandad hiciera lo propio.

​

Sin embargo, las comuniones infantiles, por más profundas que sean, no pueden hacerles frente a las retorcidas polémicas de adultos. ¡Es tan cruel orillar a una joven a tomar partido en cosas que no solo no termina de entender, sino que, al pedir más explicaciones, se encuentra con el "sos demasiado chica para entenderlo"! Eugenia pasó años personificando la desintegración de su enorme familia en esa niña de ojos oscuros y sonrisa audaz. Había querido odiarla, pero cada vez que hablaba de ella, lloraba, como le pasaba infaliblemente cuando trataba de disfrazar sus sentimientos. Entonces, comenzó la búsqueda.

​

Tardó un par de años en encontrarla en las redes. Cuando la encontró, no pudo decir nada. Ellas, las de entonces, ya no eran las mismas. No había muñequitas de Sailor Moon que tenían como hijos a los gatitos del Kinder Sorpresa. No había caramelos de dulce de leche. No había guitarras eléctricas, Cranberries ni "Campanas en la Noche", esa canción que Eugenia nunca más pudo escuchar sin que se le estrujara el corazón. No había animé a media noche ni aroma a Poett de algodón, esa que desde entonces elegía cuando tenía que comprar porque la encontraba particularmente confortante. Sus vidas habían tomado cursos tan distantes de lo que debió haber sido por algo que no había sido responsabilidad de ninguna de las dos...

​

Pero Eugenia seguía creyendo que la sangre era lo más importante, y saberse traidora del lado que le tocó tomar era el pecado más grande. Incluso iba más allá: acercarse a su prima tal vez le significara aceptar que estuvo del lado equivocado. Le tomó más de una década entender que la familia y sus tradiciones a veces son cadenas que hay que romper, y que, en realidad, las tradiciones se pueden forjar desde cero.

​

La transformación llegó el día del entierro de la última flor silvestre. La matriarca, la bisabuela, la que siempre estuvo entre bambalinas haciendo que todo funcionara, sin opacar al brillante patriarca, el único que entendía exactamente que era ella la pieza fundamental de la familia, y no él. En medio de tantas emociones, de tantos descubrimientos, con el corazón despellejado y expuesto, la vio. Solita en un rincón del cementerio, un poco lejos, llorando muy quieta y en silencio, como para no hacerse notar. Eugenia no sabía qué hacer. Estaba ahí en forma tangible la situación en la que había estado desde adolescente: en el medio de dos bandos. Pero ahora, sin el último bastión de las tradiciones que tanto había amado, sintió que sin culpa podía darle ese abrazo que, superficialmente se viera como simpatía por una pérdida que a las dos les dolía, y en realidad tratara de hacerle sentir, aunque fuera por un instante, cuánto la había extrañado. Un instante en el que la magia volvió a existir.

​

Todos sabemos que la magia no existe, son ilusiones. Pero ¿quién podría vivir en un mundo sin ilusiones? Eugenia lo meditó por mucho tiempo. Años, en realidad. ¿Estaría dispuesta a romper los pactos que tuvo que hacer tantos años antes? ¿Estaría dispuesta a asumir lo que viniera, información que tal vez fuera demasiado dolorosa? ¿Acaso esta vez también tendría que tomar partido? Eugenia tragó saliva, cerró los ojos y apretó el puño. Llegar hasta ahí no había sido fácil; es más, había sido tan difícil... Esa puerta quizás fuera su oportunidad de forjar tradiciones que no le dolieran a nadie, que no fueran una carga para nadie. ¿Es realmente traición soltar algo que te lastima? ¿Es realmente traición dar la espalda a algo que te obliga a alejarte de lo más especial y sagrado?

​

Allí adentro ya no estaba la niña de los ojos oscuros y la sonrisa audaz, ni por su parte era ya la adolescente que se hacía la dura siendo por dentro temerosa y sumisa. Había crecido, era fuerte y estaba dispuesta a encontrar la verdad y hacerse cargo de las consecuencias, y, tal vez, ganar nuevamente algo de magia en su vida. Porque quién sabía si no era la única que lo necesitaba...

​

Su puño cerrado, aferrado a la magia, aferrado a aquello del pasado que sí merece rescatarse, supo vencer esa fuerza sobrenatural. Golpeó tres veces y esperó.

​

Canelones, 15 de mayo de 2022

(Esta historia pertenece a la trilogía Familias en gris, blanco y negro)

Suscríbete para estar al tanto de las notificaciones de este espacio

Gracias por estar en contacto!

© 2035 by The Book Lover. Powered and secured by Wix

bottom of page