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Padre

—¿Siempre hay tanto tránsito en estas fechas?— preguntó Sabrina, dándose cuenta en ese mismo instante de lo ridículo de ese planteo. El taxista, de todos modos, respondió con tono amable. Hacía más de media hora que estaban inmovilizados en un embotellamiento, y la situación no parecía siquiera cercana a solucionarse. A ella le resultaba chocante ponerse a mensajear en presencia de alguien más, aunque fuera un extraño. El silencio se había hecho muy denso. Cualquier excusa para entablar una conversación era más que bienvenida.

—Bastante, señorita. Tenga en cuenta que son las fiestas, mucha gente vuelve a casa… ¿Viene usted a ver a su familia?

—Sí, pero no por las fiestas… Es el cumpleaños de mi padre. Hace un tiempo que no nos vemos, he estado un par de años estudiando en el exterior. Le dije que iba a tener una sorpresa. No le dije que venía, pero estoy segura de que lo sabe.

—¡Ah, es usted de esta ciudad! Bueno, es cierto que en el último tiempo ha aumentado bastante el flujo de tránsito. Cuando empecé con este trabajo, la movilidad era más sencilla.

​

Pablo no pudo evitar sentir algo de tristeza al rememorar así sus inicios. Llevaba ya unos veinte años arriba de un taxi. No era lo que hubiera querido. Habría querido estudiar y enorgullecer a su madre, pero esas son cosas que, cuando el hambre aprieta, se postergan hasta a veces desaparecer. Cuando su padre los abandonó, no había dejado más que deudas y a una mujer que no pudo lidiar con su depresión. A duras penas atravesó él su adolescencia, casi solo, rebuscándoselas para llevar algo a casa, con la ilusión de que algún día papá volviera a rescatarlos. Una vez que esa esperanza hubo muerto, cuando Pablo ya tenía 18 años, un vecino se compadeció de él, le enseñó a conducir y le dio la oportunidad de comenzar haciendo algunos mandados para su pequeña remisería. Y así, poco a poco, pudo hacerse en medio de esa triste orfandad, que era abrumadora porque sus padres estaban vivos, pero no para él. De alguna manera, escuchar las historias de personas que amaban y eran amadas por sus familias no le hacía mal; por el contrario, le gustaba imaginarse ahí, en esas escenas que le describían. Lo confortaba alegrarse de que no todos en el mundo se sentían como él.

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—Sí, todavía recuerdo que mi papá, a veces, me traía a andar en bicicleta por este puente —añadió la pasajera, con ternura—. Era muy lindo, traíamos las cañas de pescar y nos pasábamos un buen rato charlando. No pescábamos casi nunca, en realidad…

Pablo asintió para demostrar que estaba escuchando mientras fijaba su vista en el puente, ahora lleno de vehículos cuyos conductores creían en las propiedades mágicas de la bocina de despejar el tránsito, propiedades que, evidentemente, no tenían. Era algo habitual en su niñez ver a los padres con sus hijos yendo al puente de la ciudad a pescar. Todavía le parecía sentir la brisa en su cara cuando su papá lo empujaba para darle impulso mientras él pedaleaba. Las serpentinas plateadas que colgaban del manubrio le hacían cosquillas. Papá iba atrás, con las cañas en la mano. Raramente pescaban, pero no era el punto. La pesca no era más que una excusa. Era su momento de padre e hijo. Allí hablaban del futuro, del amor que los unía y del apoyo que tendría siempre para todo lo que quisiera. La bicicleta esperaba orgullosa contra las barras del puente. Algunos años después, sería de las primeras de sus posesiones que su madre tendría que vender para poder conseguir algo de dinero. Era de lo que más le había dolido; había significado perder esa mano invisible de su padre.

—Eso que me cuenta suena muy lindo. Su padre debe ser una persona muy buena, siendo que usted vuelve para pasar estas fechas con él, con lo difícil que es conseguir pasajes…

—¡Fue un infierno! Tuve que comprarlos con meses de anticipación— reconoció Sabrina. Pablo la veía por el retrovisor. Cuando ella levantó las cejas para acentuar el tono dramático de su afirmación, le pareció distinguir un gesto familiar—. Pero él lo vale— continuó la muchacha —Después de todo, si no fuera por él, no habría podido hacer todo esto… Nunca dejó que me faltara nada, por eso pude irme a estudiar afuera. Lo mínimo que podía hacer era retribuirle tanto sacrificio… ¿No?

—Sí, claro, por supuesto —asintió Pablo. Sabrina parecía perdida en algún recuerdo del pasado mientras observaba por la ventana. Sonrió espontáneamente y él no pudo más que fruncir el ceño al darse cuenta de que ella tenía un segundo hoyuelo sobre la comisura derecha. Le sonaba de algún lado, pero no estaba seguro de dónde.

—Mi papá nunca fue un hombre rico, pero me acuerdo de la forma en la que se encargó de mamá y de mí. Trabajaba mucho durante la semana, a veces llegaba muy tarde en la noche y se iba muy temprano en la mañana… Solo lo veía los fines de semana. Mamá me dice que, cuando era muy chiquita, todos los días, apenas me despertaba, le preguntaba que qué día era, y si ya tocaba ver a papá, porque durante la semana, siempre que llegaba, yo estaba durmiendo…

—La entiendo, señorita… Es difícil no ver al papá de uno tanto como quisiera…

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Pablo se vio nuevamente a sí mismo en la cama, con su no-pijama compuesto del buzo de un conjunto y el pantalón de otro, abrazado al cuello de su papá, rogándole que no se fuera. Él le retribuía el abrazo con fuerza, le daba un beso en la sien, le decía que tenía que trabajar, que algún día lo iba a entender, mientras lo despeinaba y le acomodaba las mantas. Cada día de la semana sucedía lo mismo, cada día. Los fines de semana, directamente no lo veía. Nunca tuvo un porqué para eso de parte de su madre; ella solamente lloraba. Pablo la consolaba diciéndole que él también lo extrañaba. No mucho después, a cada uno le tocó extrañarlo a su forma, saliendo o no adelante, cuando ya no hubo casi nada en la casa que pudiera unirlos con ese pasado, porque hubiera sido vendido para comer o destruido por su madre en algún ataque de ira y llanto. Una vez, en medio de una de esas jornadas, cuando ella había querido quemar el último álbum de fotos en el fuego que habían hecho para cocinar, él ya no pudo aguantar. Le rogó que no lo hiciera, que algún día su papá iba a volver y que iba a preguntar por qué no había nada. En aquel momento, tendría con suerte unos trece años y su padre llevaba como cinco desaparecido. La madre no pudo soportarlo. Se incorporó, le dio una cachetada ardiente, casi tanto como las lágrimas que le corrían en el rostro, mientras le gritaba que no fuera tarado, que se dejara de estupideces, que su padre no iba a volver, que tenía otra familia, que ya no los quería y que cuanto antes lo entendiera, mejor. Pero ¿cómo podría entender eso un niño? ¿Que hay alguien a quien su propio padre pueda querer más que a su hijito? Decidió intentar no creerle. Algún día su papá aparecería y podría explicarle qué pasó, podrían volver a ser ese dúo de siempre. Al final, lo único que le quedaba a Pablo eran recuerdos: la imagen de su padre en sus mejores épocas. Las idas a pescar. Los abrazos y arrullos antes de dormir. Su voz cálida, sus ojos expresivos, su sonrisa… y ese hoyuelo extra donde a él le encantaba meter el dedo a las risas, haciendo que su padre le respondiera con morisquetas en las cuales sus ojos y sus cejas bailaban. Sabrina debió sentir el filo de los ojos de Pablo atravesándola desde el retrovisor. La vio acomodarse en el asiento. Intentó suavizar el gesto. Tal vez por un capricho cósmico, en ese instante los vehículos retomaron su marcha.

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—¿Pasa algo, señor? —se atrevió a preguntar Sabrina.

— Nada, señorita. Mire, parece que las cosas finalmente comienzan a acomodarse…

Sabrina podía adivinar, por el tono de voz de Pablo, que no hablaba solamente del tránsito. Tragó saliva visiblemente.

— No se preocupe, señorita, ni se asuste. Usted no tiene ninguna razón para tener miedo —agregó, sabiendo que esa frase, que debería tranquilizar, tiene casi siempre el efecto contrario —. Sé que le va a resultar extraño, pero quiero hacerle algunas preguntas. Le ruego que me conteste. Tal vez haya una razón por la cual usted y yo hayamos coincidido…

Sabrina estaba inquieta, pero no tenía alternativa. Más allá del tono, el taxista no parecía una amenaza real. Por primera vez lo observó con detenimiento, y lo que vio le resultó incluso más perturbador.

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El camino a casa de su padre fue eterno, mucho más eterno que el embotellamiento. Hay palabras que se expanden tanto que ocupan todo el universo, se pierden en el flujo de espacio y tiempo. Hay palabras que son mucho más densas y pesadas que cualquier silencio; son esas que vienen a destruir todo lo que uno ha creído durante años.

​

Al llegar a la casa de su padre, el día había prácticamente muerto. Las luminarias estaban encendidas, pero no cumplían del todo su función. Una especie de niebla lo cubría todo; no había forma de confirmar que fuera real o su imaginación. En tan solo minutos, su padre estaría frente a una enorme sorpresa de cumpleaños. Su padre; el de Sabrina y el de Pablo.

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