A punto de desbordar

Hace aproximadamente un año, se aceleraba en mi vida un descenso hacia el desquicio y el estrés a un nivel que no conocía. En medio de esa debacle, descubrí dos cosas, una de la mano de la otra: primero, que hacer sopa me desestresaba y, segundo, que ese tiempo de espera viendo borbotear el caldo se prestaba para pensar y escribir. Es muy curioso cómo me reencontré con la escritura en medio de dos momentos negativos, como fueron la muerte de mi bisabuela y esa crisis que me generó el peso de la burocracia y una rutina que exigía una energía que no había repuesto en el verano.
Ahora que estoy del otro lado, quise compartir con ustedes ese apunte escrito al lado de una olla a punto de desbordar, igual que mi mente. Sepan que, si están a punto de explotar, esto no va a durar para siempre. Que los paliativos pueden venir de la mano de los procesos más curiosos. Y que pedir ayuda no es una muestra de debilidad; al contrario, reconocer que uno no puede solo es de valientes, es de alguien maduro y responsable. Así que los abrazo y espero que mi historia venga a calentar sus almas como un plato de sopa casera después de una larga jornada. La sopa casera es amor líquido.
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En lugar de las mil cosas que debería estar haciendo, estoy preparando sopa. Y llené demasiado la olla. Como siempre, en todo aspecto de mi vida; incluso cuando me propongo no hacerlo, siempre parece haber lugar para más. Ahora el líquido amarillo está perfectamente alineado con el borde de esa olla que compré para emprender el viaje que me ha llevado hasta acá[i], y me veo reflejada en esa ridícula metáfora que, entre vapores con olor a puerro, me regala una noche que debió ser de estudio, pero se volvió culinaria. Y de escritura.
Yo estoy igual, a punto de desbordarme, de soltar todo aquello por lo que he luchado y dejarme quemar y evaporar por las llamas del sistema y la rutina. Las llamas de mis vergonzosas vicisitudes, cuando hay tanta gente con problemas de verdad.
Revuelvo despacito, porque hay que moverla para que el proceso culmine. Entonces ya no sé si hablo de la sopa o de mí, que tengo que luchar contra mis impulsos, mi autoexigencia y reconocer que, a veces, ir más despacio no solo está permitido, sino que es necesario. Si la sopa se me vuelca, ciertamente me será trabajoso limpiar el desastre. Si mi vida se derrama… ¿quién va a tener que limpiar?
Respiro. Me siento. Me permito escribir algo tan cotidiano que me avergüenza entender tan poético, pero así lo siento. Porque si la sopa ha sido desde siempre para mí una de las muestras de amor más simples y significativas de manos de algunas de las mujeres que más me han cuidado, estas letras serán acaso de los mimos que le he negado tanto a mi mente, a mi mano, a mis ojos, porque no son algo excelso y elaborado.
Tal vez la sopa esté ahí para demostrarnos que, de vez en cuando, lo que necesitamos no viene de formas tan complejas, pero son producto de la espera, la paciencia.
Poco a poco, el calor hizo que el nivel bajara y el sabor se concentrara. Todo alcanzó su punto, y ese abrazo líquido y cálido es perfecto (al menos para mí). ¿Será que, si me doy ese tiempo para procesar la adversidad, yo también pueda descubrir mi verdadero punto?
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[i] Me refiero a la decisión de mudarme sola, una parte importante de mi historia de la cual hablaré más adelante.



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