De La Sirenita y otras historias de diversos colores
Vivimos en una época curiosa, una época de muchos contrastes y mensajes contradictorios. Aunque, por un lado, nunca se visualizó tanto a las minorías, por otro, esa visualización no ha sido siempre positiva. En parte, estimo que tiene que ver con la forma

en la que se viene haciendo.
Tomemos por caso lo sucedido con la última adaptación de La Sirenita. Me refiero al infame rework de Disney, y aclaro que el adjetivo que elegí no refleja mi sentir al respecto, sino que viene a dar cuenta de que se ha hecho famoso por las razones equivocadas. Para comprenderlo, creo necesario recalcar que la gente no tiene claro el concepto de “adaptación”. Adaptar es, según la RAE, “acomodar, ajustar algo a otra cosa”. Pensémoslo con la ropa: ¿esperaríamos que un vestido que se ajusta a mis medidas a partir de un original se vea igual en mí que en el primer modelo, aquel para quien fue diseñado? Una adaptación no es más que una puesta en escena basada en la perspectiva de un lector, o de un grupo de lectores, algo que tuvimos que aprender después de mucho dolor los que odiábamos las películas basadas en libros. Lo que olvidan los fundamentalistas de la Ariel pelirroja y blanca que juran que la Ariel de Halle Baley arruinó sus infancias es que, probablemente, más se las habría arruinado una versión que se ajustara fielmente al original de Hans Christian Andersen, donde el príncipe prefiere a otra mujer, y la sirenita muere. O una Cenicienta donde las hermanastras se corten pedazos de pie. O una Blancanieves en donde la malvada madrastra es forzada a portar unos zapatos de metal caliente que la orillan a bailar hasta caer de un precipicio. O una Bella Durmiente que despierte porque uno de los gemelos que dio a luz durante su sueño, producto de la violación del “príncipe encantador” mucho mayor que ella, tratando de encontrar su seno, succiona el veneno de su dedo. ¿Sigo, o se entiende el punto? Mensajes contradictorios. Quieren que las nuevas versiones sean fieles a las originales, pero no conocen las originales. En realidad, quieren que no se desajuste de sus recuerdos infantiles, como si una nueva versión fuera a reescribir esas películas que vimos en los noventa tirados en el piso con nuestros primos tomando leche chocolatada. No, gente: la maravilla del arte es que todo puede convivir.
De todas formas, vengo a decir que puedo comprender ambas partes. Yo soy una nostálgica de la nostalgia misma, como hay quienes están enamorados del amor, así que puedo entender a quienes se ven… ¿traicionados? por el estudio que tan felices los hizo cuando eran niños. Por otra parte, también es verdad que esas obras que nos acompañaron no contaban con personajes diversos. ¿Nos afectaba? No. Tampoco creo que nadie se lo cuestionara, y una de las cosas que más feliz me hace es que la gente se cuestione lo que siempre se hizo de determinada manera. Pero ¿quién soy yo para decirle a alguien que no se siente representado que se calle la boca y se aguante porque “siempre fue así y nadie se traumó”? Va más allá de eso. Y he aquí el quid de la cuestión: la famosa inclusión forzada.
Si me lo preguntan, sí creo que la elección de Halle Baley fue inclusión forzada. Sin embargo, hay algo peor: sabían lo que iban a generar, y la expusieron a eso de todos modos. Casi nadie se tomó el tiempo de analizar si la chica es buena actriz o canta bien (que lo hace). Lo único que salió a la luz, en pleno siglo XXI, es que no era blanca. Y el estudio lo tenía que saber, tenía que saber que la gente se la iba a tomar contra la actriz, no contra los ejecutivos ricos, blancos y encerrados en sus enormes salas de conferencias. Me parece que no estamos viendo el problema real. Esperar que un grupo de ejecutivos escriba y produzca la historia de mi comunidad es seguir colonizados, seguir a su merced. Más o menos lo mismo que los hispanohablantes que esperan el visto bueno de Mamá RAE para saber si está bien o mal usar alguna expresión típica de su país. No. No es así. Tal como los hablantes construyen la matriz de una lengua, son los miembros de una comunidad los encargados de mantener su memoria y sus historias. En realidad, Ariel podría perfectamente ser una criatura monstruosa, si vamos al original. Lo que me indigna es que hayan expuesto a una actriz como Baley a un escrutinio innecesario simplemente porque no se la incluyó en una historia relevante. Me corrijo: ¿es relevante su color de piel en esta historia? Y si me dicen que sí, porque el original transcurre en países nórdicos, perfecto: entonces que La Sirenita termine con la protagonista muerta y el príncipe con otra. Si es así (que me encantaría, la verdad), adelante. De otra manera, ¿por qué sería importante?
Veamos el caso de una película que amo: Historias Cruzadas. Y que conste que lo que voy a decir no es una crítica. Pensemos en el lugar que tienen en ella las personas de la comunidad afroamericana. Obviamente es una historia que, si bien está enfocada en la historia de esas mujeres, parte de la perspectiva de un blanco. ¿Eso está mal? Para nada (a propósito, la recomiendo a mil). Creo que lo que tenemos que cuestionarnos es por qué siempre las historias de las minorías quedan en manos de los privilegiados. ¿Qué nos convierte en sus portavoces? ¿Por qué no devolverles sus voces, sus espacios? En mi opinión, ese es el gran debe del mundo: empoderar a las comunidades, a todas, para que sean ellos los adalides de sus historias. Y no se trata de no poder adoptar un punto de vista enunciativo ajeno al mío, porque, de otra manera, la escritura creativa sería totalmente aburrida. Me refiero a que sería tan rico, tan provechoso y tan revolucionario devolver las voces a los interlocutores. Por supuesto, puedo darme cuenta de lo amenazante que esto puede ser para ciertos grupos. “La historia la cuentan los ganadores”, dicen por ahí. Pero yo quiero saber la otra versión. La necesito para poder comprender. Después tendré derecho a elegir con qué versión me quedo, si cabe. Pero sin duda que devolver la potestad de escribir su historia a las minorías en lugar de esperar las limosnas de los grandes estudios, de las grandes editoriales, ayudaría a dejar en evidencia las desigualdades que todavía existen y, lastimosamente, se acrecientan con movimientos como el de la inclusión forzada, donde solo se cosecha el desprecio de un público que no sabe canalizar correctamente la indignación.
La inclusión no es un favor que se le hace a alguien que lo necesita. Es un derecho a garantizar a las personas. Si alguien es un escritor, o un actor, es porque logró concretar algo que otros no lograron. Independientemente de la comunidad a la que pertenezca, merece su lugar por sus méritos. Si, además, desde su lugar logra captar la voz de su comunidad, tanto mejor. Lo que necesitamos son más historias originales de la mano de sus autores. Me dirán: “es que ya no existen las historias originales”, a lo que responderé que sí. Hay tantas historias como voces haya para contarlas. Por eso siempre los animo a contar sus andanzas, a plasmar y compartir sus vivencias. No saben quién necesite leerlas. Necesitamos todas las voces para recordar que no somos más que una enorme comunidad tratando de comprender su propia naturaleza.



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