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Respuestas

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
22 jul 2025
3 min de lectura

Estoy haciendo las paces con ponerle nombre a lo que siempre existió como dudas, frustraciones y crisis.

¿Qué hacemos con las respuestas adicionales, no pedidas, que vienen con las que sí buscábamos?


No sé por qué, pero empecé mi entrevista diagnóstica con la frase: “Siempre me sentí diferente a los demás, como que sentía todo mucho”. No me cabe ninguna duda de que es así; de hecho, a quienes son habitué de estos espacios, seguramente tampoco. Debí darme cuenta en ese momento de que la simple confirmación de un déficit atencional —que llevaba años pensando como una posibilidad y quería confirmar— era, en suma, algo más complejo.


Es por esta razón que, cuando recibí el diagnóstico formalmente, tras la entrevista y la aplicación de diversas herramientas y escalas, tuve que pedirle a la psicóloga unos días para procesarlo todo. Sí, claro que me veía venir el TDAH, y era un alivio, por motivos que voy a enumerar , tal vez aquí, tal vez en otra entrada. Sin embargo, el “Trastorno del Espectro Autista, sin discapacidad intelectual, con lenguaje funcional, nivel 1 de apoyo”, me cayó como una enorme cachetada cósmica.


¿Por qué? Entre otras cosas, porque removió estereotipos que no pensé que tuviera. Me mostró lo asquerosamente patologizada que tengo esa neurodivergencia. Como si no hubiera tenido estudiantes brillantes diagnosticados. Como si no conociera personas hermosas con ese perfil. Pero en ese momento, me veía a mí misma con una batita blanca, en pantuflas, arrastrando las patitas con un hilo de baba cayéndome por la comisura de la boca. Una verdadera idiotez. Aprendí que el término "Asperger" no se usa hace más de una década, pero se me hace más fácil de aceptar, por alguna razón. ¿Y cómo se lo digo a los demás? ¿Quién me va a creer? La verdad es que escribir sobre esto surge de un impulso, porque apenas hace unos días se lo conté a mi madre, y todavía me pregunto si decirlo va a ser positivo o no para mí.


En mi mente viven la estructura acérrima y el caos profundo. Me cuesta aceptar que sigo siendo la misma persona que me encanta ser, más allá de un diagnóstico que solo viene a permitirme entenderme mejor y, con suerte, dejar de funcionar en el mundo pagando un precio personal tan alto, sin sentir todos los días que estoy a punto de colapsar. Sobre todo, permitirme sentir eso sin la culpa de “no me puedo quejar, si todo es perfecto”. Sí: perfectamente neurotípico. Lo que sucede es que mi universo es diferente.


Estoy haciendo las paces con ponerle nombre a lo que siempre existió como dudas, frustraciones y crisis. Pero también como una imaginación que fluye y un ojo analítico que me divierte. ¿Qué quiero decir con esto? Nada. No todo tiene que ser un mensaje superprofundo. Pero tal vez mi viaje ayude a otros a comprender el suyo, les evite algunos dramas o los haga pensar en esas imágenes que tenemos de las personas autistas o tdachosas. O tal vez les haga cuestionarse los años y años de medicación por ansiedad y depresión, que parece lo único que podemos tener las mujeres.

(Disclaimer: existen, se diagnostican y se medican, pero no todo se reduce a eso, y a los especialistas parece que les cuesta aceptarlo… al menos en mi caso, que tuve que salir a buscar evaluaciones fuera de mi país).


Nada cambió y, sin embargo, todo es nuevo. Lo que es permanente, mi esencia, es que soy esa chica que escribe. Y ahora, desde otra perspectiva.

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