Haciendo camino

No sé en qué momento supe que quería ser docente. Hace un par de años, al reencontrarme con mi maestra de primer y tercer año de escuela, buscando en los cuadernos que mi madre nunca quiso tirar, me topé con una nota de mi yo de ocho años que confesaba querer ser "profesora de idiomas". Una aseveración curiosa para alguien a quien le faltaban más de dos años para comenzar a aprender inglés, y como seis para enamorarse del alemán. Lo que sí hacía para entonces -y desde siempre- era escribir. ¿Quería ser escritora? No. Porque para mí, ya lo era. Si no, no se entienden las dedicatorias en mis cuadernos de cuentos. Pero supongamos que me di cuenta de que quería publicar más o menos en el 2017, un año después de recibirme, justamente, de profesora de Español, habiendo trabajado de profesora de Inglés, y a un año de haber retomado mis estudios de alemán. Todo cierra muy poéticamente.
Parecería ser que tengo todo lo que siempre he deseado, y esa imagen se convierte en culpa cuando uno no lo siente así. Porque nadie sabe lo que pesa la perfección, mucho menos cuando no te satisface como aparentemente debería.
Recuerdo que una noche me crucé a la salida del supermercado con un muchacho que había sido mi compañero en la escuela o el liceo, no sé. Estaba trabajando de guardia de seguridad y se lo veía un poco maltratado. No hacía falta ser un genio para saber que el cigarro tendría algo que ver con ello. Él me reconoció a mí; soy pésima con nombres y caras. Me preguntó que qué hacía y le dije que era profesora. Sacudió la cabeza y respondió: "Te fue bien en la vida, ¿eh?". Sonreí por gentileza y me fui. Él no tenía por qué saberlo, pero la carrera me costó sangre, sudor y lágrimas literales. No tengo los mejores recuerdos de mis años de estudios. Algún recuerdo lindo en forma de un profesor o compañera inolvidables, pero nada más. Lo de que el sistema es una picadora de carne no es un cliché. Por supuesto, es mi percepción y no quiero generalizar (obviamente, si estás en este espacio, es probable que concuerdes, pero no tomes demasiado en serio lo que digo).
No voy a aburrir rememorando nuevamente cómo el año pasado tuve que abandonar la docencia por un pico de estrés incapacitante ni cómo eso me permitió abocarme a la escritura, o cómo me embarqué en un empleo que nada tenía que ver con mi carrera (pero sí con los idiomas, recordando a mi abuelo materno, que me inscribió en clases de inglés porque me iba a "abrir muchas puertas" y lamento que no haya vivido lo suficiente para comprobar que, nuevamente, había sabido ver). Al contrario. Lo que quiero decir es que hoy volví al ruedo. No aguanté. No por el trabajo en sí mismo, gracias al cual aprendí y conocí un grupo maravilloso. No; extraño a los chicos y extraño compartir lo que aprendí, más de resiliencia y pasión que de lengua en sí, si cabe. Trazar un camino no es solo absorber todo el conocimiento sobre algo; trazar un camino es aprender a beberse de un trago cada copa de frustración que la vida (o uno mismo) te sirve. Trazar un camino es no bajar los brazos aunque te pesen diez mil toneladas, y aprender que no es un signo de debilidad que, como al patriarca Moisés, alguien venga a sostenértelos para que no caigan. Trazar un camino es entender que, cuando llegás a un punto y te das cuenta de que no hay pasada, vale buscar senderos alternativos, vale preguntar y pedir indicaciones, vale un desvío, vale algún atajo. Lo que no vale es volver a casa, taparse y llorar derrotados para siempre. Porque, a veces, volver a casa, taparse y llorar es necesario. Solamente que no puede ser más que una parada, un punto del viaje. Jamás el punto de llegada.
Mañana me espera, nuevamente, un desafío. No sé qué vendrá. Ojalá que muchas más historias que contar, que, al final, son la esencia misma de la vida.



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