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Aniversario

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
21 mar 2025
4 min de lectura

"El amor sano es poder vivir sin el otro y, así y todo, elegir no hacerlo, no querer"

Para Víctor, en nuestro aniversario y hasta la eternidad.


Hace un año me casé con mi mejor amigo. Un comienzo tremendamente cliché, pero tengo la certeza de que lo cliché lo es por algo (estoy segura de haber escrito ya esta frase por acá). Sin embargo, diría que lo único cliché ha sido esa frase, porque lo que he experimentado está fuera de cualquier cosa que mi yo pequeña, la soñadora, podría haber imaginado.


Tal vez estén pensando en cosas maravillosas y fuera de lo común. Para nada. Mi sueño hecho realidad comenzó con una salida a tomar un capuchino y comer un roll de canela en un McCafé. No es este el espacio para contar detalles de mi lado no escritor; sin embargo, toda nuestra relación ha estado revestida de una reconfortante cotidianidad.


Antes, cuando era más joven, pensaba que las fechas especiales había que celebrarlas con pompa y boato. Regalos muy bien pensados resultados de estresantes búsquedas de meses, con envoltorios cuidadosamente elegidos y ejecutados tan bien como mi nula motricidad fina lo permitieron. Recuerdo en particular un libro de haikus que escribí para un segundo aniversario con un poema por cada mes en pareja. Me encanta regalar, me encanta jactarme de cómo siempre le doy en el clavo con el obsequio preciso, exacto y perfecto.


Por eso me siento todavía tan decepcionada porque, a 24 horas del primer aniversario del momento más hermoso de mi vida, mis regalos comprados medio por descarte están todavía sin envolver en un rincón del cuarto. ¿Será porque pienso que la integridad de mi matrimonio depende del cumplimiento de un ritual tan superficial como el intercambio de regalos? ¿O porque me da culpa no dedicarle al amor de mi vida el mismo esmero y pienso que a mis relaciones fallidas? Es difícil no dejarse encandilar por el cotillón. ¿Mi consuelo? El libro de haikus no tuvo prácticamente llegada, mucho menos en comparación con el Nintendo 64 y el cartucho de Legend of Zelda: Majora’s Mask que lo acompañaban. Aclaro: no es que mi ex fuera frívolo; simplemente no conectábamos en las mismas sintonías, razón por la cual terminó siendo mi ex. No obstante, con mi esposo, mis blocks de notitas adhesivas han ido disminuyendo significativamente a costa de dejarnos mensajes ridículos por la casa. Nunca había cocinado tanto, porque me encanta ver cómo le brillan los ojos cuando come algo rico. Y aunque no nos quede la mitad de la ropa de nuestro armario, no nos arrepentimos de ni una sola empanada, ni un solo chocolate ni de nada de lo que hemos compartido. 


El problema de una relación sana es que todos los días son extraordinarios, todos los días son especiales a su manera, incluso aquellos en los que hay peleas. Porque se trata de crecer juntos, de los detalles, no de los grandes gestos. ¿Cómo me voy a preocupar por un regalo enorme, si él me trae todas las semanas un par de paquetitos de pastillitas La Yapa porque me hacen acordar a mi infancia, o cuando voy al súper y le traigo un sachet de su mayonesa favorita aunque no sea la mía? ¿Qué vale más: un gran regalo anual lleno de estrés, o las pequeñas muestras diarias de afecto, el chiste interno, el chisme que compartís con esa persona porque, aparte de tu pareja, es tu mejor amigo, las desveladas conversando y escuchando la música con la que se enamoraron? 


Uno crece con una idea azucarada del amor que, al igual que en aquel video del mapache, se disuelve ante el menor contacto con el agua de los problemas o de la rutina. Entonces, cuando algo es menos que perfecto, la angustia lo saca de perspectiva y deja de ser suficiente. Con Víctor tenemos una frase de cabecera: “si fuera perfecto, no seríamos nosotros”. Y con esa frase hemos hecho frente a todas las vicisitudes. No es nada menor para una chica que pasó la mayor parte de su vida con el lema: “o lo hacés bien o no lo hacés”. No, nena, no todo es tan radical. No, nena, no siempre el amor de tu vida aparece con mariposas, unicornios y brillantina a salvarte de los monstruos. En ocasiones, el amor de tu vida siempre estuvo ahí, tan sin mariposas y brillantina que pasó desapercibido, hasta que en un momento mirás para atrás y te das cuenta de que siempre te acompañó mientras te salvabas. El amor sano es poder vivir sin el otro y, así y todo, elegir no hacerlo, no querer. 


En la naturaleza existe un material llamado pirita, que a simple vista, sobre todo para un inexperto, parece oro. Es más, se ve hasta más lindo, más brillante. Pero no vale nada. El amor-oro no es tan extravagante ni rimbombante como el amor-pirita, el de las novelas, pero el amor-oro es real, es valioso y cuesta mucho trabajo. Todo lo bueno cuesta trabajo y tiempo, a diferencia de lo que vemos en este mundo fluido donde todo tiene que ser ya. Hoy celebro mis primeros 365 días de casada con mi amor-oro, con menos cotillón del que esperaba (por suerte) y mucha más felicidad de la que nunca imaginé.


 
 
 

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