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La base del iceberg

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
30 dic 2024
4 min de lectura

 "(...) los traumas de cada uno, la base de nuestros icebergs, son gigantescos y estremecedores para los que lo llevamos dentro"

"Eso es solo la punta del iceberg". Nos encanta decir esa frase, la hemos escuchado mil millones de veces. Tiene ese punch que nos hace sentir... sofisticados. No es lo mismo decir "eso es solo lo que se ve". Y es que la frase nos remite a cuestiones épicas: no nos hagamos los tontos, la primera asociación con "iceberg" es "Titanic". Seguramente por eso nos gusta tanto la expresión, porque nos hace sentir importantes.


Ahora bien, la punta del iceberg es lo de menos; justamente, eso es lo que significa el dicho. ¿Y lo que hay debajo? Dudo que el Titanic, esa nave que ni Dios podía hundir, se haya destruido por lo que, en promedio, es el 11% de un bloque mastodóntico de hielo. De eso quiero hablar hoy, pero no de barcos y de cosas de las que no sé un pomo, sino de historias, que es un poco más mi área, aunque mi síndrome del impostor siempre me grite que de eso tampoco sé un pomo.


Quiero hablar de mi vida, que es la de muchos de ustedes. Yo era una niña más que bien adaptada al mundo: era una genio. O al menos eso era lo que los halagos excesivos me hicieron creer. Poco a poco, no solo fue disminuyendo esa sensación de seguridad, sino que crecía la frustración. Además, había subtramas desarrollándose en segundo plano, esos asuntos cuyos efectos en mi psique en crecimiento no podía dimensionar. Pérdidas, abandonos que apenas entendí como tales con mucha terapia décadas después, decepciones, frustraciones... Cuando tenía 16 años decía, con total soltura, que mi mayor miedo era al fracaso. ¿Qué dice, señora? La adolescencia se trata de eso, de equivocarse y aprender a lidiar con las frustraciones, aunque el mundo de hoy nos de miles de oportunidades para lo primero y prácticamente cero sostén para lo otro (y he ahí mi mayor frustración actual como docente: mis alumnos no encaran actividades porque "son muy difíciles", y no los culpo). Ahora miro hacia allá y me doy cuenta de que era un desquicio, que estaba tan rota, tan perdida, tan triste... Pero la imagen que proyectaba era diametralmente opuesta: yo era la líder, la niña genio, la que siempre hacía todo bien, la que se paraba en el escenario y cantaba, o leía, la que a veces les hablaba mal a todos porque se creía un poco -bastante- superior, y, sin embargo, tenía amigos que la querían así, loca. Cero victimismo; tuve mucha suerte. A pesar de los errores, tuve una familia que me amó y me ama, y amigos que se aguantaron de todo. Tan así, que en mi proceso de sanación escribí cartas y más cartas pidiendo perdón por haber sido una idiota con ellos, más allá de que sé de dónde venían esos sentimientos. Sin embargo, el dolor fue real, existió y me llevó a lugares a los que jamás, ni en mis peores pesadillas, hubiera pensado estar.


"Perdón" y "gracias" se convirtieron en mis palabras estandarte cuando logre nadar hasta la base de mi propio iceberg y dimensionarlo. Le prestamos demasiada atención a lo que alguien parece, pero no a lo que lo lleva a ser algo. ¿Justificamos todo? De ninguna manera. Uno puede hacerse cargo de sus propias acciones, tratar de compensar a las personas, arreglar lo que se pueda o lidiar con las consecuencias de lo que no. Sin embargo, hay cosas de las que no podemos hacernos cargo. Podemos entender por qué alguien hizo algo, lo cual no significa decir que estuvo bien. Puedo entender por qué mi padre fue y es de determinada manera, de forma que ya no siento rabia ni rencor, aunque sí me sigan doliendo algunas cosas. Pero hay algo en eso, en no sentir rabia ni rencor -que, ojo, me ha llevado muuuuuuuuuuuuuuuucha terapia, y escritura- que es necesario para seguir adelante. El rencor te ata al pasado. Por favor, no me quiero meter con los duelos ni los procesos de nadie. De última, a mí no me tocó superar nada excesivamente traumático desde una perspectiva totalmente objetiva. No obstante, los traumas de cada uno, la base de nuestros icebergs, son gigantescos y estremecedores para los que lo llevamos dentro. Por eso no deberíamos estarnos comparando, aunque sí ayuda afrontar los traumas en comunidad. Porque cuando uno se siente útil de alguna manera, esa oscuridad, ese frío se van un poco con el calorcito y la luz que le brindamos a otro que está en la misma que nosotros: con un trauma.


Lamentablemente, hay cosas que no se van a superar del todo por más ayuda, terapia o medicación que recibamos. Lo cual no significa que no podamos tener una vida buena y feliz. A veces, aparece de la manera en la que menos esperábamos. No, no es magia. Es esfuerzo y trabajo que comienzan con reconocer que lo que le mostramos a la gente es solo la punta del iceberg y que hay una parte a la que solo podemos acceder nosotros. Sin vergüenzas, sin miedos... Porque al final, no somos los únicos. Todos tenemos ese témpano que se ha ido forjando de mil modos en nuestro interior, y el porcentaje de lo que exponemos varía. Y nadie puede cambiar algo que no sabe que tiene. Preguntemos qué es lo que ven de nosotros y comparemos con lo que queremos mostrar. La gente sí cambia, y lo podemos probar con nosotros mismos. Va a haber tropiezos y frustraciones, sí, pero al menos vamos a estar caminando hacia un objetivo, no girando en círculos como un perro intentando morderse la cola y creyendo que eso va a cambiar algo.


Si estás en este camino, ¡ánimo! Las luchas internas son de las más difíciles de luchar porque el enemigo es uno mismo. No te aísles, buscá ayuda y no te quedes con el "yo soy así, al que le guste bien, y al que no, también". No te abraces a la punta del iceberg porque te vas a perder del 89% de tus posibilidades. No vale la pena.





 
 
 

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