Cuando un sueño se vuelve un proyecto
"Prefiero el salto que esperar a decidirme"
Si estás acá, probablemente ames la escritura como yo. Es posible que tengas muchas preguntas para las cuales no tenga respuestas que ofrecerte. Dejame decirte: eso no es tan malo como parece. La incertidumbre asusta, muchísimo. Pero más debería asustar quedarse paralizado ante un mar de posibilidades y decisiones por el miedo a lo que podría pasar.
Es posible que también ames las historias, y eso sí te lo puedo ofrecer. Te voy a contar un poco de la mía y de cómo llegué acá a mis 31 años, una edad para la que planificaba otras cosas que, afortunadamente, no se cumplieron.
No sé cuándo ni cómo empecé a escribir, pero esa pasión siempre estuvo ahí, alimentada por la actividad de mi bisabuelo paterno y por los cientos de cuadernos que mi familia me regalaba. Un cuaderno me parecía lo más maravilloso del mundo; además, mi madre se encargaba de prepararme uno para mi uso particular con el mismo esmero que forraba, decoraba y adornaba los que me acompañarían en el año lectivo. Obviamente, lo que escribía a los 8 o 9 años carecía de valor literario. La situación no mejoró demasiado hacia mi adolescencia, cuando mi obsesión fue escribir "obras de teatro" sin final relatando las historias de infinitas generaciones de familias. Mis amigas las devoraban, eso sí. ¡Qué sería de un artista sin la indulgencia de sus amigos! Para mí, uno de los más grandes logros fue que esas mismas amigas que me sacaban los cuadernos de las manos a los 14 años recibieran mi primera novela y se asombraran. Y mi mayor placer fue poder dedicársela.
Ahora bien, no todo es color de rosas. Mi amor por las letras me llevó a optar por la docencia de Lengua. No me arrepiento en absoluto; amo mi trabajo, amo a mis alumnos, pero odio el sistema y su aplanadora de creatividad y vocación. Además, mientras más leía, mientras más aprendía sobre la técnica, más ínfima me sentía. Por muchos años solo pude producir lo que llamaba "poesía con alma de formulario", porque no lograba expresarme con naturalidad. Se notaba el esfuerzo que ponía en incluir recursos que no fluían ni transmitían nada. Tal vez mis escritos de adolescente no fueran la gran cosa, pero al menos tenían carne y sangre. Así que me rendí por un buen tiempo.
Por el 2018, mi bisabuela falleció. Para ese entonces, mi admiración por el bisabuelo poeta se había estado condensando en la figura de la mujer que, desde las sombras, le permitió brillar. Me di cuenta entonces del valor real de lo cotidiano, de lo que no resalta, de esas historias que cargamos. Sí, mi bisabuelo era el que, con apenas la educación primaria, había podido escribir esos versos tan hermosos, pero era ella la que lloraba y suspiraba cuando adolescente porque anhelaba tener un enamorado poeta que le escribiera. Cuando me faltó ella, de cuya madre adopté el apellido para mi alter ego escritor (¿mi alter ego o yo misma?), me di cuenta de cuánta falta me hacían las palabras para tratar de describir lo indescriptible: el dolor. Y el camino de la escritura volvió.
Si bien, como ya mencioné, amo mi profesión, en los últimos años ha sido todo muy difícil. Y el golpe de gracia lo tuve de la mano de una crisis de burn out el año pasado, en el 2022. La pandemia me afectó más de lo que había creído, como a todos, y la suma de las situaciones difíciles, los proyectos frustrados y diversos cambios en mi vida me dejaron tres meses en casa con licencia médica. Bajar de cien a cero es tan necesario como difícil. Durante el primer mes no hice nada, lo admito. Pero ya llegado el segundo mes, me di cuenta de que si siempre me decía que no escribía por falta de tiempo, ahora lo tenía. También fue un aliciente una masterclass de la grandiosa Rachel Bels, que deambulaba por mi Instagram sin que yo notara qué me estaba tratando de decir la vida.
Tenía y tengo muchas ideas para novelas en las notas del teléfono, pero una me conquistó. Estaba basada en una anécdota real de mi infancia a la que, con mi expareja, le habíamos dado un giro por demás dramático. Entonces me dije: ¿por qué no?
No fue fácil al principio: me había propuesto escribir cinco páginas por día y ni siquiera a eso llegaba. No obstante, no me di por vencida. "Mejor hecho que perfecto", decía Rachel. Seguí insistiendo hasta que lo logré más o menos a los diez días y, al notar que empezaba a fluir, me propuse tener un horario, como si se tratara de un trabajo, En las últimas semanas de trabajo ya lograba escribir hasta cinco o seis horas al día, y así fue como ¿Quién es Anita? vio la luz en tres meses. "Un objetivo sin fecha es solo un sueño", había dicho Rachel, y hasta ahora sigue siendo una de mis frases favoritas. Por eso estoy acá.
Escribir a Anita ha sido una de las experiencias más hermosas y significativas de mi vida; el premio a mi esfuerzo, el darme cuenta de que realmente una meta se construye a partir de pequeños pasos (y muchos tropezones de los que hay que recuperarse). No es perfecta, y así enfrento uno de mis mayores miedos: el miedo a no ser suficiente. Sin embargo, esa obra imperfecta cosechó tanto amor, tanto, que no hay miedo que aguante. Durante ese tiempo había estado buscando la posibilidad de cambiar de trabajo para intentarlo con la escritura. Al principio sonaba infantil, casi ridículo. Pero llegado este punto, donde cambié mi vida por completo para poder dedicarle tiempo a ese proyecto, me doy cuenta de que bastan decisiones y valor para poder convertir un sueño en un proyecto. Y si llegaste hasta acá, te animo a intentarlo. Es un camino largo, pero vale la pena. No te compares, no te tires abajo: da el salto. Vas a llegar.
Si te interesa leer ¿Quién es Anita?, podés encontrarlo en Amazon en el siguiente link: https://www.amazon.com/dp/B0BMM834G2 ¡Estén atentos a próximos adelantos gratuitos de la novela!



Comentarios