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¿Para quién vivimos?

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
29 jul 2024
3 min de lectura

Estuve tres semana es Alemania. Lo digo así, y todavía me parece irreal. Toda mi vida soñé con eso, y se me dio en las circunstancias más inesperadas. Una beca, acompañar alumnos a un campamento, hacer un curso y conocer un montón de gente sensacional. Lo que se dice, una fantasía cumplida.


Mi hogar teutón fue Dresden, uno de los sitios más increíbles, más mágicos que he visitado. Cada esquina irradiaba historias, en cada banco podías imaginar los rostros de personas cuyas vidas transcurrían tranquilas, rodeadas de lo más hermoso que puede crear la mente humana, todo lo cual podía —y fue— repentinamente destruido por lo más ruin que puede crear la mente humana. Ahí estaba una tarde en el palacio Zwinger, uno de esos bastiones de piedras lisas y nuevas mezcladas con piedras quemadas por lo bombardeos, en un bellísimo monumento a la resiliencia. Un domingo a la tarde, excesivamente tranquilo porque es Ruhetag, lo cual significa que no hay nada abierto y que hay muy poca gente en la calle. Camino y camino por esos pasillos, a cual más hermoso, con los auriculares puestos y, mientras bajaba por la escalera tras sacarle fotos a una fuente, me pareció excesivo el ruido del agua, tanto como para atravesar los audífonos que, aunque tienen muy mala cancelación de ruido, hacen lo suyo. Me los saqué y me di cuenta de que el sonido no era simplemente el eco de la fuente resonando entre las paredes de piedra, sino que me esperaba esto:


Se me fue el corazón al piso. ¿Cómo puede uno vivir con normalidad sabiendo que existe tanta belleza en el mundo?


Se preguntarán por qué no tengo una foto totalmente de frente, y es porque cada vez que intentaba hacerlo, había alguien sacándose una selfie. No, no se preocupen. No viene una larga perorata acerca de las autofotos. Yo no me las saco porque soy pésima posando y no estoy del todo conforme con mi aspecto físico; seguramente habría muchas más de esas en mi galería si tuviera la autoestima más alta (tengo muchas fotos haciendo macacadas, eso sí). En realidad, me di cuenta de algo que yo también hago. Y es que la gente sacaba fotos, se sacaba fotos, y luego se sentaba a mirar las fotos que había sacado. Más de una persona bajó por la escalera ya con su teléfono, se sacó fotos, las miró, y se fue. ¿Estoy criticando? No; creo que cada uno vive las experiencias como quiere y como puede. Pero me llamó la atención. Porque hacía días bromeábamos con algunas compañeras acerca de que, si no nos sacábamos fotos en cada lugar que visitábamos, ¿cómo íbamos a probar que habíamos estado en Alemania? Y hasta ese momento, antes de bajar las escaleras, me parecía una broma. Sin embargo, al llegar ahí y no poder sacar una foto sin que en ella hubiera alguien sacando fotos, ya no me dio tanta gracia. ¿Por qué sacamos las fotos "para subir a Instagram"? ¿O por qué tan apurados por cargar todo a los estados? ¿Lo hacemos para compartir, o para probar un punto? Me lo cuestiono sobre mí misma, porque claramente saqué fotos a todos, subí estados y me sentí muy culpable de no hacer posteos en Instagram, hasta que me di cuenta de que me daba mucha pereza subir de a diez fotos. ¿Tengo que probarle al mundo que estuve en Alemania? Las experiencias más fuertes que tuve no las puedo poner en imágenes, simplemente porque no hay foto que pueda captar el sabor de la Radler o del Himbeere Pfirsich blablablá (mi bebida favorita cuyo nombre completo no recuerdo, pero era sin alcohol), o el olor de la Currywurst, o el timbrecito pasivo-agresivo de las bicis para que te corras, o correr porque teníamos un minuto para llegar al tren a Berlín... Es decir, sí hay imágenes de algunas de esas cosas, pero no hay fotos de lo que sentí en ese momento. Me duele darme cuenta de que, en más de un momento de ese viaje, y de tantos otros, me preocupó más tener qué mostrar que simplemente vivir en "el aquí y ahora", como nos dijo nuestra maravillosa profesora Angela en el curso cuando todavía nos quedaba una semana y ya estábamos tristes de que fuera a terminar. "Tienen dos opciones", nos dijo, "pueden estar tristes de que va a terminar, o pueden pensar en que todavía les quedan cinco días y disfrutarlos, pero para eso tienen que estar aquí y ahora". Una enseñanza difícil de aplicar para alguien que lidia con la ansiedad desde antes de conocer la palabra, pero que sintetiza muy bien el punto que aprendí al pie de esa fuente. Por eso tampoco me preocupa tanto no tener la foto perfecto de ese lugar: de todas maneras, jamás podría captar lo que sentí al verla.

 
 
 

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