¿Por qué escribir?
Me defino así, como esa chica que escribe. Debería decir una chica que escribe, porque, afortunadamente, no estoy sola en este camino. Es casi mágico lo que pasa con el lenguaje: es de lo primero que nuestro entorno se esfuerza por inculcarnos, al punto de hablarnos desde que estamos en la panza. Todos están expectantes de saber cuál va a ser nuestra primera palabra, sabiendo o no que lo que sale de nuestra boca es un cúmulo de sonidos que repetimos y no reviste para nosotros significado alguno. Primero existe la palabra, luego el significado, casi al contrario de lo que sucede en la realidad. Sin embargo, ahí comienza el camino de leer el mundo y aprehenderlo a través de palabras. Nuestra búsqueda de las palabras.
Esa búsqueda no es igual para todos. Así como a algunos los conmueve la música, a otros, la pintura o el baile, a nosotros nos tocan fibras inefables términos como "crepúsculo", "etéreo", o términos mundanos que caracterizan a nuestro lugar en el mundo. A veces, les digo a mis alumnos (soy docente de Español como lengua materna" que mi palabra favorita es "bo'". Es que soy uruguaya, y esa palabrita de origen y ortografía discutidos funciona como santo y seña para reconocer a un compatriota en Australia o Tokyo. ¿No es hermoso? Una estudiante me confesó un día que su palabra favorita era "océano". No había reparado en la belleza sonora de una palabra que desprende frescura y se tiñe del azul de un día soleado. Como Juana de Ibarbourou señalaba hablando de la humedad de la palabra "selva" en un precioso poema.
Escribir es solo el paso obligado una vez que uno se deja conmover por esas entidades que nos rodean desde antes de nacer, aquello que nos diferencia como especie: la capacidad del lenguaje. ¿Para qué escribimos? Hay todavía culturas ágrafas. Sin embargo, en la escritura persiste la necesidad que tenemos de trascender. Hay un concepto en la lingüística que encuentro conmovedor, y este es el idiolecto, esa variedad lingüística que es única y personal. Mi versión de la lengua, mi diccionario personal atravesado por mis variantes regionales, históricas, sociales; mis características antropológicas, psicológicas... todo lo que soy ahora y lo que seré. Esa variedad muere con nosotros, después de años de evolucionar, adaptarse, crecer con nosotros. ¿No es un pecado dejarlo desaparecer sin rastro? Más importante aun: ese idiolecto nos permite dejar constancia de algo que también es único e irrepetible: nuestra historia. No importa qué tan simple u ordinaria creamos que sea, nuestra historia merece ser contada. Más que nada porque somos seres sociales que nos leemos en el otro, nos interpretamos en las historias de otros. El arte nos permite eso, darnos a conocer tal vez con las garantías y libertades que ninguna otra manifestación nos da. ¿Imaginan lo que sería de nuestra vida sin el arte?
Lamentablemente, la tradición parece haber convertido a la literatura en el quehacer de unos pocos, con el inútil mito del talento y del don. Nada que ver. La escritura es una habilidad que se perfecciona, y vale la pena hacerlo. Les voy a contar más adelante cómo me ayudó escribir la historia de Anita para sanar heridas que ni siquiera sabía que tenía. Algo así como la idea de catarsis del teatro griego: ser espectadores de una historia con la que identificarse y salir con el alivio de comprender que hay una solución. Solo que, en este caso, uno puede ser autor y protagonista, y vislumbrar un resultado.
La pregunta, entonces, no es por qué escribir, porque para ella hay tantas respuestas como personas existen. La pregunta es: ¿por qué no escribir? ¿Qué te lo impide?
En este espacio quiero compartir mi búsqueda de las palabras con la esperanza de que anime a otros a emprenderlo. Vale la pena ser parte de esa magia.
¡Bienvenidos!



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