Prioridades

"(...) dejamos lo más importante, allí donde somos indispensables, por formar parte de una masa que nos reemplazaría en un abrir y cerrar de ojos si faltamos"
La semana pasada estuve en Sucre, Bolivia, por un congreso de profesores de alemán. Toda una experiencia que se suma a la vorágine que ha sido este año en mi vida, con mis viajes literales y simbólicos. No soy de usar sombreros desde que era pequeña y mi madre me compraba las capelinas más hermosas; ni siquiera cuando salgo a la calle medio minuto en verano y vuelvo color cangrejo. Sin embargo, vi la belleza y el colorido de los de las mujeres del lugar y me tenté. Me tenté mucho. Arrastré varias veces durante nuestros paseos más bien escasos a mi compañera de habitación a diversos lugares para probarme, pero no solo no encontraba un modelo que me gustara, sino que los que más o menos cumplían mis expectativas, no me quedaban...
Por fin, Google y caminata mediante, encontré una sombrerería. Un concepto extraño para alguien que vive en un país no-sombrereril. Pero estaba cerrada. Aproveché a anotar el número y le envié un mensaje de Whatsapp para averiguar a qué hora estaría abierto al público su local. Me respondió con un audio que no escuché. No me gusta. Lo mandé a un bot para que me lo transcribiera. Me dijo que estaría allí en una hora, que coincidía con la pausa del café.
Llegó la hora y fui hasta allí. Nada. Volví a la universidad sorteando dos cuadras infinitas. Nadie valora lo que es vivir al nivel del mar hasta que te mandan a casi tres mil metros de altura. Mis compañeras me preguntaron con expectativa si había conseguido mi sombrero, con una mezcla de ansiedad y, supongo, de hastío de escuchar a una semiextraña hablando toda la semana de un sombrero, o gorro, o lo que fuese (porque no conocí a mis compañeras de aventuras hasta que nos encontramos en Aeroparque, Buenos Aires, antes de viajar al congreso). "No me puedo ir sin mi sombrero, lo necesito", exclamaba yo con un dramatismo medio en chiste, medio en serio.
Durante la mesa de cierre del evento, desde el local me escribieron diciendo que pasara a las 15. Agradecí y contesté que apenas me desocupara estaría allí. La verdad es que, después de una semana de información, el cerebro me estaba colapsando, así que decidí hacerme una escapada breve e ir por el sombrero.
Al llegar, el lugar estaba abierto. Jamás había visto tantos sombreros diferentes juntos. Tampoco había visto un negocio tan abierto y tan solo, porque no había nadie atendiendo. No supe bien qué hacer: ¿me probaba? ¿Tendría permitido ir mirando? ¿Golpeaba las manos, gritaba "hola"? Me quedé en silencio, tamborileando en la carterita de cuero que mi madre me había prestado para guardar mis documentos. Por ahí empecé a ver algunos modelos, tomé uno negro que no me quedó, lo volví a dejar allí. Me asomé a la puerta, miré por sobre el mostrador, envié un Whatsapp... ¿Me iba? No, necesitaba mi sombrero. Entonces, desde atrás del mostrador vi cómo se levantaba una frazada, una manta color crema a cuadritos negros y rojos. "¡Ay, no, pobre, estaría descansando,,,!", pensé. De pronto, crucé miradas con una mujer joven de ojos cansados. "¡Mil disculpas, pensé que no había na-!", llegué a decir, antes de que ella me interrumpiera llevándose un dedo a los labios para pedirme silencio. "Estaba haciendo dormir a mi bebé", explicó, y salió deslizándose, sin hacer ruidos. Me atendió sin hacer ruidos. Me indicó que el sombrero no debía ir tan abajo y que el rojo me quedaba muy lindo sin hacer ruido, como si se tratara de un ser inmaterial.
Podría explicar la emoción que sentí al encontrar el sombrero, o cuánto me costó sacar dinero del cajero, ya que mis reservas de efectivo se habían terminado, pero sería una pérdida de tiempo. Lo que me interesa es hablara de prioridades. Yo había pasado corriendo por una "necesidad" que era más bien un capricho, y había dejado ir el tiempo en búsqueda del famoso sombrero sin el cual no me podía ir. Ella me había escuchado entrar, tal vez me hubiera visto parada como una tonta, en silencio, porque en ese momento su bebé necesitaba comer y dormir. Por un instante, pensé que era un poco desconsiderado, que yo era una cliente, que era raro que no saliera corriendo a atenderme... ¿por qué? Porque vengo de un país chiquito al que consideraba tranquilo, cuando es tan vertiginoso como otros. ¿En qué mundo vivo, si mi capricho sombreresco es más importante que las necesidades de un pequeño? Varias veces durante las comidas conversamos con las chicas acerca de que todo en Sucre habla de una vida más lenta: veredas muy estrechas, calles angostas en donde está prohibido estacionar, minibuses sin paradas predeterminadas... "Pobres, así están también...", opinó alguien sin ninguna malicia, refiriéndose a las crisis económicas del país, que nadie niega, lamentablemente. Y esta entrada está lejos de romantizar la pobreza. Al contrario, nada es más indignante que ver a la gente pasar necesidades en una tierra tan rica y maravillosa. Pero no puedo evitar pensar en lo mal que estamos nosotros también cuando ponemos el afán de lo material por encima de nuestras necesidades reales, de nuestras familias, de nuestros amigos, de nuestro bienestar emocional. No quiero decir que el dinero no haga falta, no soy tan romántica. Ya lo dijeron aquellos sabios: "El dinero no es todo, ¡pero cómo ayuda!". Lo que quiero decir es que dejamos lo más importante, allí donde somos indispensables, por formar parte de una masa que nos reemplazaría en un abrir y cerrar de ojos si faltamos. Esa es la postal que me traigo de Sucre, la de una mujer que entendió qué era lo más importante ahí y en ese momento. Y espero que mi hermoso sombrero rojo no solo proteja mi cabeza del sol, sino que su imagen proteja siempre mi mente de perder de vista lo fundamental, las prioridades.



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