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Releerse

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
24 mar 2023
4 min de lectura

Me pregunto si existe alguien en este mundo que pueda escucharse en una grabación sin experimentar una dolorosa incomodidad. Cringe. Y, si existe, no me gustaría conocerlo. Debe de ser un psicópata.



Algo parecido nos pasa a los escritores con nuestros antiguos trabajos. Cringe de leer esas historias románticas hipercliché de la adolescencia. Cringe de leer los plagios descarados de las películas que más me gustaban (¡ups, no se suponía que revelara que esto se trata de mí!). Cringe de las “obras de teatro” eternas que narraban los pormenores de generaciones y generaciones de familias tradicionales. Como cuando uno aplasta un bicho con un libro y sabe que lo que quedó es una lamentable y asquerosa plasta, pero no puede evitar querer mirarlo, tengo todavía todos esos cuadernos, mis “cuadernos de de todo un poco”. Una costumbre que me inculcó mi madre, quien, cuando me armaba los cuadernos para la escuela, siempre me preparaba uno extra, igual de esmerado, para mis dibujos, escritos y ejercicios que les pedía me pusieran. Sí, rarita desde chica. Las historias eran horribles, salvo una serie de cuentos muy ingeniosos que había escrito cuando tenía como diez u once años, entre los que figuraba la historia de cómo el número cero se había hartado de no valer nada y se iba, solo para ser rescatado por los demás números que se habían dado cuenta de qué, sin él, ellos también perdían valor. Y, hablando de perder, ese cuaderno lo perdí. Sé cómo era (estaba forrado de un papel de regalo opaco y grueso anaranjado pálido con rayas verdes) y en dónde lo perdí. Pero ya pasaron más de veinte años; solo pensar en recuperarlo es ridículo. Sin embargo, estaban llenas de algo básico, elemental, que también había perdido hasta hace poco: amor por la escritura. Por la escritura en sí misma. En aquel entonces, escribir para mí era como respirar. Cuando no estaba estudiando, estaba escribiendo. Ni se me pasaba por la mente la idea de publicar. Pero sí me gustaba compartir con mis amigas, a quienes solía incluir en las historias. Tenía algo bien claro: escribía para no olvidar. Si eras importante para mí, ibas a estar en uno de mis cuentos.


No voy a entrar demasiado en cómo la carrera me llenó de inseguridades. O, más bien, cómo me permití llenarme de inseguridades. Pasé muchos años sin poder escribir, al menos no creativamente. Solo escribía para desahogarme. Esas notas también me dan mucho repelús, pero son necesarias. Son necesarias para no repetir los mismos errores, para darme cuenta de dónde estaba y todo lo que he logrado. Por allá por el 2016 me di cuenta de que mi sueño era publicar un libro. Mal enfoque, creo, porque seguía sintiendo que no estaba a la altura, de modo que cualquier cosa que escribía era muy poco auténtico. No tenía mi voz, y pasarían seis años hasta que pudiera lograrlo.


En el interín, me animé a publicar algunas cosas en blogs y plataformas de escritura. Seguía sin convencerme, incómoda en mis propias estructuras. Eso tenía que ver claramente con mi situación de vida. Alguien que quería mucho me recomendó volver a esos escritos viejos como medio para tratar de desbloquearme. Y, como estaba desesperada, lo hice. Dije que escribir había sido para mí como respirar. Habían sido años y años de contener la respiración, deseando por Dios llegar a la superficie para poder oxigenar aunque sea un poco mi organismo. Sinceramente, no encontré nada que valiera la pena a nivel literario, pero sí encontré mi voz, esa que era leal a sí misma y a su esencia, y no al deber ser, a recursos que incluía forzosamente sin saber exactamente cómo. Era horrible, pero era yo.


Ahora avancemos un buen tiempo, hasta el 2022. Yo ya me había dado cuenta de que necesitaba escribir y, con un cambio vertiginoso en mi vida, la motivación había vuelto. Sin embargo, la mayor productividad no fue durante el pico de felicidad; al contrario. Así como me reconecté con la escritura en 2018 tras el fallecimiento de mi bisabuela, otra vez las letras fueron mi refugio durante una crisis de estrés que me terminó incapacitando. Me dije a mi misma: “¿no te quejabas siempre de no tener tiempo para escribir? ¿Cuál es tu excusa ahora?”. No quiero indagar demasiado en esta historia porque esa la voy a contar cuando toque hablar del nacimiento de Anita, pero en esta época también hubo que releerse. Releerse mucho, como cuando uno se escucha en la grabación. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no había cringe. Porque reconocí mi voz. Era tal cual la había imaginado, tal cual sonaba en mi mente. Eso es hermoso.

¿A qué quiero llegar con todo esto, querido lector que has llegado a este lugar buscando, ilusamente, respuestas? No sé. Pero si puedo decirte algo es que el camino del escritor está plagado de cringe y hay que abrazarlo. Hay que reconocer quién es uno, de dónde viene, a dónde no quiere volver y a dónde necesita volver para retomar el vuelo, porque es muy fácil perder la perspectiva y anhelar nidos que no son los nuestros. Conocerse a uno mismo es un viaje muy incómodo que implica escucharse en muchas versiones que no nos gustan. Cada viaje es personal y no puedo asegurarte que va a ser fácil ni que te va a gustar lo que vas a encontrar. Lo que sí puedo decirte es que encontrar tu esencia vale la pena. Solo así podés ser el dueño de tu propia historia, la conquista máxima de cualquier autor.

 
 
 

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