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Ser mujer

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
6 mar 2023
4 min de lectura

El miércoles es el Día Internacional de la Mujer. No es un día que conmemore especialmente; quiero decir, no hago nada en particular. Sin embargo, después de tantos años preparando alguna reflexión para llevar adelante con mis alumnos, se me hace extraño no hacerlo en este año de impasse.


No voy a hacer un comentario genérico, sino hablar de cómo fui mutando yo en mi papel de mujer, particularmente en lo que concierne a la maternidad y el matrimonio.


Mi abuela siempre recuerda entre risas que, cuando yo tenía cinco años, decía que nunca iba a casarme y menos todavía tener hijos porque los niños eran una molestia. Muchos dicen que eso demuestra cómo me hacían sentir, y no es así. Pero seguramente sí se lo escuché a alguien, no sé. Cuando empecé a escribir, siempre lo hacía sobre parejas que se enamoraban y tenían hijos; también esas eran las historias de las tardes con amigas y muñecas. Creo que, al crecer, uno no se lo cuestiona: es la "ley de la vida", y respeto a quienes se apegan a ella.


Cuando tuve mi primer novio oficial, a los 16 o 17 años, hablamos del tema. Soñábamos con Airin, la niña de los rulos y ojos oscuros que iba a ser salvaje y audaz. Amaba ese nombre porque era un personaje de un disco de mi banda favorita del momento: Rhapsody. Sin embargo, con el correr del tiempo y sentirme menos cómoda con la relación, no imaginaba trayéndola a este mundo imperfecto.


Después conocí a quien fue mi novio casi diez años. Una relación muy linda que duró mucho más de lo que debió, por el bien de los dos, y gran parte de esa aseveración se explica por lo que voy a relatar. Desde antes de iniciar algo, él me hablaba de cómo quería tener una hija, una sola. Cuando ya teníamos nuestro proyecto, nuestra mente concibió a dos: Liv y Milena. Sí hubo nombres de varón, antes de que lo pregunten, y ahora que recuerdo, en mi época punk (de la que ya les hablaré), mi anhelo era ser madre de dos varones, gemelos, a los que iba a bautizar Lautaro Valentín y Agustín Alejandro. "Agustín" se convirtió en "Guillermo" cuando lo empezamos a soñar los dos.


Estos niños también se desvanecieron, pero ya no porque la relación fuera mal (que lo iba), sino porque algo en mi interior empezó a cambiar. Luchaba contra ello, hasta que un día él me hizo notar algo: yo no quería tener hijos; quería querer tener hijos. Y lo quería tanto, tanto, que me tapaba los oídos para no escuchar una verdad que me nacía desde las entrañas que no deseaban albergar ninguna nueva vida: había otro camino para mí, algo más que ser madre y esposa.


Es muy difícil salirse de los patrones, mucho más cuando uno cree en ellos sin cuestionarlos. ¿La ley de la vida? La ley de la vida a ciegas me condujo por lugares muy oscuros, a hacer cosas que nunca imaginé. No tuve una familia tipo; mi padre se fue de casa cuando yo era chica y mi madre tuvo que salir a trabajar muchas horas para poder mantenernos. En algún lugar, quería lo que no había tenido, y me mataba el miedo a la soledad. Con tal de no estar sola, cometí grandes errores con citas consecuencias todavía lidio a nivel emocional. Es difícil sentirse orgulloso de uno mismo en esas circunstancias. Yo lo único que quería era estar tranquila, y si estar tranquila era ser esposa y madre, que así fuera. No obstante, pensar en levantarme todos los días en una casa matrimonial en la que dormían esas niñas que tanto había amado me revolvía el estómago. Lo cual te hace sentir culpable, porque muchos matarían por eso. Pero yo, no. Ese era el punto, y había que dejar volar a quien sí lo deseaba y con toda razón. Él iba a ser un excelente padre y esposo; no merecía estar atado a alguien que no supiera valorarlo. Así, terminamos. Después de mucho tomar valor y conciencia de que era por lo mejor. No sé qué será de él, pero realmente deseo que lo consiga. Lo merece. Yo, por mi parte, descubrí un mundo que jamás imaginé: me mudé sola, cambié de trabajo y estoy poniendo todas mis fichas a la escritura.


En cierta previa de ducha, me puse a pensar en los poemas de mi bisabuelo y en que lo que me daba lástima de no tener hijos era no tener a quién legarle esa herencia. Pero poco después, me respondí: ¿no sería injusto tener a alguien solo para trascender, para cargarlo con mis tradiciones, mis historias, que no fueron inocuas para mí? Y es que no encuentro una razón válida para tener un hijo. Tal vez en un futuro, pero no me atormenta la idea de no tenerlos. Mucho menos me angustia quién me va a cuidar cuando sea vieja, porque me parece la justificación más absurda, egoísta y patética para tenerlos. Para eso me pago mi servicio de acompañantes. Creer que alguien te debe parar sus vida porque vos decidiste dársela es muchísimo (más allá de que, cuando mi abuela o mi madre lo requieran, ahí voy a estar, pero ellas no lo esperan; hicieron mérito). Creo que la única razón válida para traer un hijo a este mundo retorcido es que lograste ser tan increíblemente feliz, tan estable, tan todo, que no te basta lo que tenés para compartir esa felicidad. Y yo, con mis mambos, mis traumas, todo mi camino para sanar y entender mi historia, estoy lejos de eso.


Trascender es un deseo comprensible. Para mí, no justifica tener hijos. Quisiera que la gente me mantuviera viva en las letras, vivir un poco en cada uno de mis lectores, en cada uno de los que encuentre algo valioso en lo que escribo. Eso es para mí trascender. Lo que deseo para todos, especialmente a las mujeres, es que decidan. Decidir es de lo más liberador que tenemos, aunque haya consecuencias y las decisiones no siempre sean sencillas, siempre es mejor que vivir bajo el yugo de lo que alguien más sentenció para nosotros. Tengan hijos, no los tengan, estén con alguien o no, escriban, canten, bailen, hagan lo que necesiten, con conciencia y responsabilidad. La paz y la felicidad son decisiones también, y muchas veces se nos escapan por el miedo a qué pasará.


Para concluir, les regalo un poema que escribí el año pasado al respecto. ¡Gracias como siempre por su tiempo en este espacio!




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