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Tradiciones

Foto del escritor: Eli Brandi
Eli Brandi
8 nov 2024
5 min de lectura

¿Me duele no tener tradiciones? Me duele que hayan sido mentira, me duele que hayan sido pura fachada. Creía que mi familia era mágica.

Hace varios años que resolví no tener hijos. Creo que fui de menos a más, para volver a un punto no radical. O sea, cuando era chica y hasta la primera mitad de mis veinte, estaba segurísima de que sí, y tenía nombres y nombres elegidos, muchos de los cuales solo quedaban bien si me casaba con un alemán; inviable. Después, a medida de que iba cayendo espiraladamente en la fosa de mis traumas sin resolver, y sin descubrir, también iba asentándose la idea de “ni loca tengo un hijo”. Por miedo, por rabia, por caerme mal los niños, por desesperanza, por no visualizarme criando con la persona con la que estaba (no me malinterpreten: hay personas que podrían ser excelentes padres y madres, pero cada uno por su lado… Si no estás de acuerdo en cosas importantes con tu pareja, no podés tener hijos con él o ella)… Llámenle hache.


Una tarde, mientras me estaba duchando, empecé a cantar para mí un par de canciones cuyo texto escribió mi bisabuelo, musicalizadas por mi familia, no sé bien por quién. Cuando terminé, sobrecogió un pensamiento: “¡Qué lástima, no tener hijos y no poder enseñarles estas canciones!”. Son curiosas las epifanías de la ducha, porque no pasó un minuto cuando ya me estaba retrucando: “¿Y por qué tendría que cargar a mis hijos con mis recuerdos? ¿Y si ellos no aprecian esas tradiciones como yo?”


Parece una pregunta descabellada. ¿Cómo podría alguien no amar su legado familiar? Afortunadamente, percibo que desde hace unos cuantos años esa cuestión es cada vez más válida. Presento lo que me pone en jaque a mí.


Crecí con la toretiana prerrogativa de que no hay nada más importante que la familia. Mis primos eran el foco de mi vida; mis abuelos, aquellos cuya aprobación bien valía mi vida; mis tíos, los brazos a los cuales correr. Todo muy cliché. Estos estandartes se robustecían hacia el lado paterno. Era un orgullo llevar esa sangre, y a la vez una condena no portar el apellido familiar, el del bisabuelo, el gallardo, el de mi abuela, mis tíos, mis primas. La admiración me hubiera llevado a hacer cualquier cosas por demostrar quién era yo en esa familia. Hasta aquí, todo normal considerando la perspectiva de un niño. No caí en la cuenta de cuán raro era todo hasta que conversé en detalle al respecto con mi actual esposo, por aquel entonces (y hasta ahora) mi mejor amigo, y me llamó la atención que me escuchara con un dejo de compasión, un gesto desencajado que iba borrando mi sonrisa orgullosa. No era normal. No era normal que cada vez que venía determinado pariente de visita todos organizáramos nuestra agenda y cambiáramos nuestra vida para poder estar allí con nuestras mejores galas. No era normal que dedicáramos horas a ensayar lo que le íbamos a cantar, para no desafinar, para sabernos la letra. No era normal que hubiera ciertas canciones del bisabuelo con las que te “bautizabas”, porque eran las primeras que cantabas, y hubiera una que solo cantaban determinados miembros de la familia. Que conste que me di el lujo de cantar esa canción para mí en la ducha, porque nunca llegué a cantarla en esas reuniones. No era normal que una o dos mujeres de la familia cocinaran y limpiaran para todos, sin descanso, prácticamente sin reconocimiento. No era normal que, por ser parte de la familia, se tolerara cualquier tipo de comportamiento, como que se presentara a una mujer y un hijo distinto en cada reunión, o se contara como chiste que el hijo de fulano, trabajando en el cuartel, se encontró con un hermano que no sabía que tenía. No era normal sentirte culpable por no poder reorganizar tu vida para estar ahí. No era normal que los eventos familiares se sintieran como un feriado nacional, como un momento solemne donde cada uno tenía un papel que desempeñar a la perfección.


Añoro mi infancia. Recuerdo con cariño muchas cosas, desde los juegos hasta las canciones, el olor a creolina del patio, sentarnos a la noche en la parte de atrás de una camioneta vieja con mis primas tapadas con un acolchado y hablando de todo un poco. Son esas tradiciones que supe amar y que escondían un trasfondo turbio lo que me duelen. Tardé tanto en darme cuenta de lo insano que era tanto protocolo… Nadie se daba cuenta. Sin embargo, tanta escenografía un día tenía que ser retirada. Tal es así que, hoy por hoy, ya no solo no existen esas reuniones ni esas tradiciones, sino que prácticamente no existe esa familia. Las lealtades se hicieron manifiestas cuando faltaron los patriarcas, cuando una mínima dosis de poder se le subió a la cabeza a algunos. Todavía me junto con mis tíos, con algunos de mis primos, y hablamos y nos reímos de lo absurda que era esa pantomima en la que participamos tantos años.


¿Me duele no tener tradiciones? Me duele que hayan sido mentira, me duele que hayan sido pura fachada. Creía que mi familia era mágica. Un poco lo era, porque, esa imagen que tenía de ella, al igual que la magia, no era más que fantasía. Miro la foto de mis bisabuelos, la que encabeza este post, y no puedo evitar la tristeza de creer que su legado no perduró. No obstante, también noto que esa foto, que en realidad eran dos muy bien unidas para la tecnología de la época, los muestra a ambos mirando al futuro. Fueron dos personas que se encontraron y proyectaron una vida en común, no una historia de novela. Mi forma de honrar su memoria es ir construyendo, con mucho esfuerzo y terapia, mi propia familia, compuesta de miembros de sangre a quienes sigo eligiendo, y de otros que conocí, elijo y quiero tanto o más que si nos uniera algo tan azaroso como la información genética. Y con ellos creo otras tradiciones, sanas, que no le pesen a nadie, una decisión que seguramente los llenaría de satisfacción. Recuerdo y construyo sobre aquellas otras a las que alguien, algún día, iba a tener que decirles que no. Hoy elijo no tener hijos; tal vez mañana cambie de opinión. Pero tengo la certeza de que, si llega y le comparto esos versos de mi familia, será desde el amor y no desde la imposición. Los hijos no vienen a perpetuar legados, sino a forjar los suyos. Para todo lo demás, existe la escritura.





PD: mi amada novela “¿Quién es Anita?” es el fruto de meditar, renegar, abrazar, llorar, enterrar y reinventar mi legado familiar. Y también, de reivindicar la figura de esas mujeres que siempre hicieron funcionar la maquinaria tras bastidores.

 
 
 

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